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martes, 18 de junio de 2013

Usted es un racista en potencia



Para suavizar el impacto que pueda producir el titular, permítanme comenzar en primera persona. La única diferencia que existe entre un skin head y yo, es que el cabeza hueca, digo rapada, no es consciente de las miserias que su miedo hace fluir. Se deja llevar por ellas como algo natural, “pensando” que todo aquello que se sale de su zona de confort es altamente peligroso, y por ende actúa de una de las dos formas posibles, atacando. La otra forma sería la huida.



El miedo a lo desconocido, a lo diferente, es una reacción normal dentro del instinto de supervivencia que todos tenemos. En eso, a excepción de gente más elevada, y desgraciadamente son una minoría, todos partimos de la misma línea. Lo que nos va a diferenciar a unos de otros es qué hacer con ello. Como gestionarlo. Y también en esto existen diferentes caminos.



El más común se basa en la herencia educacional, en el aprendizaje que vamos atesorando a lo largo de los años, desde la infancia hasta la madurez. Estas lecciones llegan desde diferentes ámbitos. El familiar es posiblemente el más importante, ya que es durante la infancia cuando más actuamos en modo esponja, absorbiendo todo aquello que vemos, olemos, oímos, degustamos y sentimos. Y es en este entorno donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo. Después tendríamos lo que podemos denominar educación social. Para no entrar en profundidades diremos que en esta influye todo aquello que nos llega a través del exterior: amigos, profesores, medios de comunicación…etc.



En las condiciones actuales, lo habitual es recibir continuos mensajes acerca de lo que está bien y lo que está mal, e incluir en está última lista el racismo, el machismo o la homofobia, por poner algún ejemplo. Pero basta echar la vista un poquito atrás, no mucho, digamos cuarenta años, para descubrir que lo que ahora nos parece negativo y reprochable socialmente, era admitido y normal tiempo atrás. El machismo no tenía una etiqueta diferencial porque lo normal era ser machista, lo contrario era ser un calzonazos. La homofobia tampoco estaba mal vista porque lo lógico era ser “normal” (hetero) y el resto eran malformaciones mentales que a unas pocas familias les tocaba “padecer”. Y racistas no éramos, por supuesto, ya que aquí no había inmigrantes, los que emigrábamos éramos nosotros, y porque los gitanos no contaban, ni siquiera para esto.



Está visto entonces que la educación recibida no es garantía de éxito a la hora de vencer toda la basura que portamos y que algunos dejan salir con demasiada frecuencia. Dependiendo de la familia que le haya tocado, del ambiente donde se mueva normalmente y de la sociedad en la que conviva, así serán los dogmas morales que porte en su cabecita, con el agravante de que posiblemente crea que son de su cosecha y no una adquisición inconsciente, como de hecho son. Quizás por ello, muchas personas de sobresaliente inteligencia han defendido la teoría de que las normas sociales y de convivencia se inventaron con el único propósito de que no acabáramos matándonos unos a otros. Y razón no les falta, siempre y cuando crea que usted es aquello que ha ido aprendiendo en su vida y que no existe otro camino para gestionar sus miserias.



Afortunadamente sí existe otro camino, pero exige un grado de responsabilidad infinitamente mayor que el anteriormente mencionado. Se trata de hacerse cargo de uno mismo para lo bueno y para lo malo. De disfrutar conscientemente de todas las cosas positivas que hay en usted, y de admitir y gestionar todas aquellas que no le gustan tanto. No es necesario que nadie le enseñe que ser racista es malo. Usted tiene que saberlo. Porque si se observa un poquito en determinadas situaciones, verá como el hecho de verse de pronto rodeado de un grupo con el que, de entrada, nada tiene en común, le producirá rechazo. Eso es humano, se siente vulnerable y es aquí donde puede decidir que es mejor hacer. Puede defenderte, atacando o huyendo, o puede intentar encontrar las cosas que sí tiene en común con ese grupo. Que esta acción sea exitosa o no, dependerá también, como es lógico, de la otra parte. Pero eso no importa, ya que se ha acercado saltando por encima  de sus prejuicios y eso es precisamente lo que marcará la diferencia, su actitud. Unas miras abiertas le darán la posibilidad de descubrir, de aprender, de crecer. Lo contrarío le dejará sentado junto a una inmensa montaña de mierda, mientras maldice por su mala suerte, por lo mal que se porta el mundo con usted y lloriqueando porque nada puede hacer. ¡Miente!, y lo que es peor, se miente.    

lunes, 17 de junio de 2013

"Brillante"




Leer la prensa se ha convertido de un tiempo a esta parte en un ejercicio de alta peligrosidad para el sostenimiento de la salud mental. Se han unido dos “costumbres” en una misma época, ésta que nos ha tocado vivir, a cual más aberrante.

Por una parte, los catastróficos efectos de esa cosa tan cansina llamada crisis, parecen no tener fin en su afán de transmutarse cada día convertidos en una nueva situación, a ser posible más Kafkiana que la anterior.  Cuando crees que ya lo has visto todo, saltan a la palestra un Juez, un político o un fiscal para tratar de convencernos a todos de que lo que vemos con meridiana claridad no es lo que parece. Que la ley es la misma para todos, que es infalible y que por ello en algunos casos hay que hacer una excepción.

-         ¿Cómo, pero no acabamos de decir que es la misma para todos? (preguntan algunos ciudadanos)

-         Claro, hijos míos, por eso hay que hacer la excepción, para que se confirme la regla (tienen a bien respondernos sus señorías)

-         Ahora sí que no entendemos nada.

-         Por eso yo soy el juez y vosotros no.



Deben de pensar sus ilustrísimas autoridades que el vulgo no está preparado para entender lo que ellos tratan de transmitir con palabras llanas, haciendo un esfuerzo para bajar a las cloacas a predicar la gran verdad, esa que especifica que en todo hay escalas de valor y no es lo mismo juzgar a un señor ex ministro, a un distinguido Duque, a la hija de un rey o a un poderoso empresario, que a un mecánico, un fresador o a una cajera del DÍA.  Lo peor no es que cambien las reglas del partido en el descanso (no me negará que la metáfora futbolística es muy oportuna), lo terrible es que traten de explicártelo. Lo dicho, Kafkiano.



La otra “costumbre” a la que hacía mención viene a tocar en la puerta de uno de los oficios más hermosos del mundo, y hoy en día más podridos. El periodismo, o lo que queda de este. Dándole un repasillo a los diarios de hoy, me he encontrado con un titular que me ha erizado la piel, más por lo que no pretende contar que por lo que trata de decir. Versaba así el susodicho: “EL TS condena a dos mossos por dar una paliza "gratuita e "indigna" a un ruandés".  ¡Toma  ya!.  Dejando al margen el hecho de que dos energúmenos de uniforme le han dado una paliza a un tercero, que siendo algo repugnante no quiero hoy referirme a ello, resulta que para el redactor de esta noticia y para el señor juez que sentencia, existen diferentes tipos de palizas a aplicar, dividiendo estas en digna o indigna por un lado,  y  gratuita o con motivo por otro.  Aún a riesgo de verme nuevamente vagando por una situación propia de la mejor prosa de Kafka, me gustaría que ambos profesionales, Juez y periodista, me explicaran por qué al primero le parece que una agresión física cometida por un policía  puede ser alguna vez válida y otras gratuita, y por qué el segundo normaliza la vergonzante sentencia publicándola en esos términos y sin asomo alguno de crítica ante tamaño despropósito, salvo el entrecomillado que coloca en las palabras gratuita e indigna, como tratando de quitarse el muerto,  afortunadamente no es literal, de encima.  Lo de “indigna” es aún mejor, ya que al parecer un buen saco de hostias bien dado, es decir, con el estilo elegante y acompasado que sólo unas buenas porras funcionarias saben dar, no es motivo de reproche. ¡No se queje hombre! ¡con lo bien que le han zurrado!.


Dejo para el final la “exquisita” diferenciación que se hace de la nacionalidad de la víctima. Y digo victima porque sea o no culpable de aquello por lo que fuese detenido, este señor ha sido víctima de una injustificable agresión. El caso es que denominar a algunos por su nacionalidad tratando de que el lector se haga una estereotipada idea del personaje, es como mínimo indigno (ahora sí viene a cuento) para alguien que aspira a contar la verdad lo más imparcialmente posible. Me pregunto si tiraría tan alegremente de procedencia para hablar de un compatriota de Merkel, por ejemplo.


El periodismo, en su inmensa mayoría, pero con gloriosas excepciones, ha consentido en asumir el discurso rancio, miedoso y maniqueo de los poderosos, que tratan de dividir el mundo en buenos y malos en función de los cuartos que se les pueda sacar. Y esto está condenando el oficio a convertirse en un circo de letras, más preocupados por impactar (vender) que por informar. Pero como diría Superatón, “no se vayan todavía, aún hay más”. Ahora viene el descojone. Resulta que lo que nos han contado en el titular poco tiene que ver con el fondo del asunto. Me explico y resumo: un tío estafa a unos empresarios con un método parecido al timo de la estampita. Estos, cabreados por el pase torero que le acaban de dar, ¡a ellos que han llegado a empresarios!, llaman a sus dos coleguitas maderos para que le den un escarmiento al timador bajo el amparo de sus placas. De risa, no solo pegan sino que actúan de matones por encargo. Y claro, si esto es lo que ha salido a la luz, a saber cuantos favorcillos más se habrán prestado unos a otros antes de que el asunto se les fuera de las manos. En fin, vamos a dejarlo aquí que antes de publicar este artículo tengo que buscar un titular “Brillante”.


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