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lunes, 17 de junio de 2013

"Brillante"




Leer la prensa se ha convertido de un tiempo a esta parte en un ejercicio de alta peligrosidad para el sostenimiento de la salud mental. Se han unido dos “costumbres” en una misma época, ésta que nos ha tocado vivir, a cual más aberrante.

Por una parte, los catastróficos efectos de esa cosa tan cansina llamada crisis, parecen no tener fin en su afán de transmutarse cada día convertidos en una nueva situación, a ser posible más Kafkiana que la anterior.  Cuando crees que ya lo has visto todo, saltan a la palestra un Juez, un político o un fiscal para tratar de convencernos a todos de que lo que vemos con meridiana claridad no es lo que parece. Que la ley es la misma para todos, que es infalible y que por ello en algunos casos hay que hacer una excepción.

-         ¿Cómo, pero no acabamos de decir que es la misma para todos? (preguntan algunos ciudadanos)

-         Claro, hijos míos, por eso hay que hacer la excepción, para que se confirme la regla (tienen a bien respondernos sus señorías)

-         Ahora sí que no entendemos nada.

-         Por eso yo soy el juez y vosotros no.



Deben de pensar sus ilustrísimas autoridades que el vulgo no está preparado para entender lo que ellos tratan de transmitir con palabras llanas, haciendo un esfuerzo para bajar a las cloacas a predicar la gran verdad, esa que especifica que en todo hay escalas de valor y no es lo mismo juzgar a un señor ex ministro, a un distinguido Duque, a la hija de un rey o a un poderoso empresario, que a un mecánico, un fresador o a una cajera del DÍA.  Lo peor no es que cambien las reglas del partido en el descanso (no me negará que la metáfora futbolística es muy oportuna), lo terrible es que traten de explicártelo. Lo dicho, Kafkiano.



La otra “costumbre” a la que hacía mención viene a tocar en la puerta de uno de los oficios más hermosos del mundo, y hoy en día más podridos. El periodismo, o lo que queda de este. Dándole un repasillo a los diarios de hoy, me he encontrado con un titular que me ha erizado la piel, más por lo que no pretende contar que por lo que trata de decir. Versaba así el susodicho: “EL TS condena a dos mossos por dar una paliza "gratuita e "indigna" a un ruandés".  ¡Toma  ya!.  Dejando al margen el hecho de que dos energúmenos de uniforme le han dado una paliza a un tercero, que siendo algo repugnante no quiero hoy referirme a ello, resulta que para el redactor de esta noticia y para el señor juez que sentencia, existen diferentes tipos de palizas a aplicar, dividiendo estas en digna o indigna por un lado,  y  gratuita o con motivo por otro.  Aún a riesgo de verme nuevamente vagando por una situación propia de la mejor prosa de Kafka, me gustaría que ambos profesionales, Juez y periodista, me explicaran por qué al primero le parece que una agresión física cometida por un policía  puede ser alguna vez válida y otras gratuita, y por qué el segundo normaliza la vergonzante sentencia publicándola en esos términos y sin asomo alguno de crítica ante tamaño despropósito, salvo el entrecomillado que coloca en las palabras gratuita e indigna, como tratando de quitarse el muerto,  afortunadamente no es literal, de encima.  Lo de “indigna” es aún mejor, ya que al parecer un buen saco de hostias bien dado, es decir, con el estilo elegante y acompasado que sólo unas buenas porras funcionarias saben dar, no es motivo de reproche. ¡No se queje hombre! ¡con lo bien que le han zurrado!.


Dejo para el final la “exquisita” diferenciación que se hace de la nacionalidad de la víctima. Y digo victima porque sea o no culpable de aquello por lo que fuese detenido, este señor ha sido víctima de una injustificable agresión. El caso es que denominar a algunos por su nacionalidad tratando de que el lector se haga una estereotipada idea del personaje, es como mínimo indigno (ahora sí viene a cuento) para alguien que aspira a contar la verdad lo más imparcialmente posible. Me pregunto si tiraría tan alegremente de procedencia para hablar de un compatriota de Merkel, por ejemplo.


El periodismo, en su inmensa mayoría, pero con gloriosas excepciones, ha consentido en asumir el discurso rancio, miedoso y maniqueo de los poderosos, que tratan de dividir el mundo en buenos y malos en función de los cuartos que se les pueda sacar. Y esto está condenando el oficio a convertirse en un circo de letras, más preocupados por impactar (vender) que por informar. Pero como diría Superatón, “no se vayan todavía, aún hay más”. Ahora viene el descojone. Resulta que lo que nos han contado en el titular poco tiene que ver con el fondo del asunto. Me explico y resumo: un tío estafa a unos empresarios con un método parecido al timo de la estampita. Estos, cabreados por el pase torero que le acaban de dar, ¡a ellos que han llegado a empresarios!, llaman a sus dos coleguitas maderos para que le den un escarmiento al timador bajo el amparo de sus placas. De risa, no solo pegan sino que actúan de matones por encargo. Y claro, si esto es lo que ha salido a la luz, a saber cuantos favorcillos más se habrán prestado unos a otros antes de que el asunto se les fuera de las manos. En fin, vamos a dejarlo aquí que antes de publicar este artículo tengo que buscar un titular “Brillante”.


viernes, 14 de junio de 2013

Algo huele a podrido



Nos guste o no, los españoles somos muy guarros. Lo diré sólo una vez para aquellos que tienen la sensibilidad más allá de la hipodermis: voy a referirme a los españoles como un concepto genérico, con todo lo que esto conlleva de injusto cuando pretendes aplicarlo al plano personal. Dicho esto, repito, los españoles, especialmente en comparación con sus colegas europeos, conforman uno de los pueblos más sucios que puedas encontrar. Ha bastado el inicio del ciclo de la crisis económica para poder comprobar como nuestras calles y jardines acumulan una suciedad que siempre ha existido, pero que ahora luce ante la ausencia de gran parte de quienes se encargaban de secuestrarla, los barrenderos. Las costumbres de unos ciudadanos predominantemente callejeros, nos empujan a creer que lo que está más allá de nuestra puerta también nos pertenece. Y es cierto, aunque claro, no es lo mismo pensar que algo me pertenece a pensar que algo NOS pertenece. En realidad el español se queda a medio camino de ambos pensamientos. Por una parte cree que como la calle le pertenece puede maltratarla como y cuando le venga en gana. Por otro, como sabe que también le pertenece a los demás, procura poner mayor ahínco en su manchar diario, con la simple idea de fastidiar al personal, que es, tampoco lo neguemos, algo muy español. El carácter predominantemente anárquico del ciudadano medio fluye en las terrazas de los bares, donde un grupo de amigos critican lo cochinos que son esos rumanos que rebuscan en la basura dejándolo todo perdido, mientras ellos, entre caña y caña, escupen cáscaras de pipas al suelo, lanzan sus cigarrillos ya fumados a donde caigan o disparan unos esputos que bien podrían haber salido de la fábrica de blandiblú. Ver la paja en el ojo ajeno es también una de nuestras especialidades, aunque quizás no tan desarrollada como la de ignorar la viga en el propio. Esta fotografía del país no es más que la representación real de unos ciudadanos a los que les cuesta un horror aquello de la conciencia social. Quizás por ello, portamos también el orgulloso estandarte de la solidaridad, convirtiéndonos en uno de los países más entregados a la lucha de las causas injustas. Es probable que esto sea el resultado de una sana válvula de escape que nos reconcilia con nosotros mismos. Una especie de penitencia para curar el gorgoteo de la bilis que cocinamos cada día criticando todo aquello que nosotros no hemos hecho, todos los fallos que han comedido los demás, toda la fortuna que se ha marchado con el otro ( ¡la muy puta!), todo lo que concierne a la vida ajena que nos gustaría imitar pero no tenemos los cojones suficientes… Con este panorama podrá usted comprender fácilmente por qué a países como el nuestro es inútil pedirle aquello de “rememos todos en una misma dirección”. No vamos a remar en ninguna dirección, por lo anteriormente dicho y porque sabemos muy bien que quien nos lo está pidiendo quiere que rememos en la dirección que a él le interesa, no somos tontos y sabemos que él  es también español. El cambio necesario para convertirnos como país en otra cosa, si es que realmente queremos hacerlo, pues quizás estemos cómodos así o ¿acaso no está a gusto el cerdo, con perdón, revolcándose en el fango?, el cambio, como decía, puede llegar por dos caminos. Uno, la transformación sincera y progresiva de un pueblo que comienza a mutar de arriba abajo, de izquierda a derecha y de dentro a afuera. No quiero pecar de pesimista pero esta opción la veo muy lejana e improbable. No estamos lo suficientemente maduros para ello, así que paso a la otra opción, verá usted que divertida. Dos, nos siguen inflando a golpes de diversa índole: impuestos, recortes sociales, privatizaciones, corrupción al más puro estilo patrio, osease casposo… y pasado un tiempo, ¿cuánto? eso sí que no lo sé, lo resolvemos al más puro estilo español. Como hemos venido haciéndolo desde hace siglos, como manda el manual de “como ser un buen Aspañó”, es decir, a hostia limpia. Si tengo o no razón, y créame me encantaría errar y llevarme un ¡zas! en toda la boca, lo veremos con el tiempo. Pero no quiero acabar con un mal sabor de boca y que usted se lleve la impresión de que todo en este país es un bodrio y que nunca vamos a levantar cabeza, como pronostican algunos agoreros, muy españoles por supuesto. No, quiero recordarle que también somos otro montón de cosas mucho más agradables… pero de eso ya hablaré otro día.

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