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jueves, 13 de febrero de 2014

Muerte al peso







El pasado Jueves, un grupo de PERSONAS de origen subsahariano intentaba entrar en España por la frontera del Tarajal, situada entre Ceuta y Marruecos. 

A las 07.00 AM, una hora magnífica para que la temperatura del agua convenza a un cuerpo exhausto de que lo mejor es rendirse allí mismo, aquellos que huían desesperados de una situación que les condenaba a la miseria, tuvieron la ingrata y trágica experiencia  de encontrarse frente a una grupo de implacables vigías fronterizos.

Lejos de intentar siquiera ponerse por un instante en la piel de los que cometen el gravísimo delito de intentar sobrevivir, la guardia civil española decidió emprenderla a pelotazos de goma, según ha reconocido el propio Ministro de Interior (por fin, y tras ocho versiones diferentes), con la finalidad de disuadirlos de tan osado plan.



El Ministro Fernández Díaz sostiene que los disparos fueron realizados sin ánimo de acertar, y que con ello solo buscaban delimitar una frontera imaginaria que evitara la entrada de los inmigrantes en territorio español. Por lo tanto, según deduce nuestro catolicísimo Ministro, nada tiene que ver esto con la muerte de varias de las PERSONAS que intentaron el “asalto” a nuestra amada tierra, concedida a los españoles en exclusividad por el mismísimo Dios, según parece que tienen como credo estos grandes defensores de la moral (ajena, entiéndase).



Lo peor de toda esta historia es que nadie quiere hablar de las vidas truncadas en el Tarajal, ni en la manera de evitar que se repita una y otra vez la misma historia. Nos hemos enzarzado en una discusión técnica sobre la limitación de la frontera, situada más allá o más acá, y sobre lo lícito que resulta disparar a alguien que se salta una ley (que perjudica gravemente al incumplidor) siempre y cuando no aciertes a herirlo directamente.  Otra cosa es que asustado por la acción del disparo acabe ahogado o aplastado por sus compañeros…¡ah!, ¡se siente, mala suerte!.



Sin la necesitad de meditar demasiado sobre lo sucedido, se me han venido dos disparatadas ideas  a la cabeza, producto de una mente tendente a la utopía y a la demagogia como la mía, como dirían los escribas de rodillas desgastadas y bocas anchas que ocupan gran parte de los medios de (in)comunicación. 


En la primera veo al señor ministro braceando en las aguas de alguna frontera. Trata de llegar a la orilla temblando por el miedo y por el frio. Las fuerzas escasean, su cuerpo se agita en el canto del cisne de la extenuación y su cara se empapa de sal. Sal que el mar le brinda con sus aguas, sal que él le regala al mar con sus lágrimas. Está a punto de conseguirlo…pero entonces, sombras lejanas le apuntan con sus luces y disparan balas que pasan silbando, pero que no le aciertan. ¡Le van a matar!, está convencido, y nada ahora en dirección contraria tratando de escapar de los disparos.  Unas brazadas más allá descubre que se acabó el combustible, su cuerpo se ha rendido. Ahora solo queda dejarse arrastrar hasta el fondo. En un último instante brota un pensamiento:  “Ojalá que el mar no devuelva mi cuerpo en la orilla equivocada”.


La otra idea es aún más divertida. En el patio de un colegio hay una enorme y profunda  zanja.  El director del centro ha prohibido terminantemente a los niños el acercarse a ella por el peligro que entrañaría una caída. Pero en vez de conformarse con vallarla y encomendarse al natural instinto de supervivencia infantil, decide dar un paso más allá y coloca a dos guardias civiles disparando pelotas de goma en los límites de la frontera imaginaria que distingue el lugar hasta donde uno puede acercarse para ver la zanja y la parte donde no se debe pasar.  Resulta espantosa la cara de terror que se les queda a los chavales cada vez que una de las armas es disparada.



Qué horrible sería formar parte del elenco de una de estas dos historias ¿verdad?
¿Qué pasará por la cabeza de aquellos que dispararon sus armas contra el mar ahora que saben que varios de los inmigrantes acabaron falleciendo?... ¿Hasta dónde llegará su capacidad para auto excusarse?... ¿Dormirán tranquilos?... ¿Y aquellos que dieron las ordenes?

Una última idea asoma al finalizar este texto. Veo a  Fernández Díaz despertando en mitad de la madrugada, empapado en sudor, víctima de una pesadilla. En ella pudo distinguir con extrema claridad las caras de las PERSONAS que fallecieron el pasado jueves en la frontera del Tarajal. 


jueves, 6 de febrero de 2014

El secreto de la felicidad






La madre Teresa de Calcuta dijo: “Si en esta vida te ha tocado pelar patatas, procura pelarlas con todo el primor del mundo”. La primera vez que leí esta declaración, hace ya algún tiempo,  pensé: “será hija de la gran puta la monja esta, o sea que si toca ser pobre te jodes y encima sonríes”. 

Esta respuesta de mi pensamiento surgió víctima de una conciencia social, a la que no he renunciado, que con el tiempo he ido “domesticando” para tratar de ampliar mi ángulo de visión.  En ese momento, cualquier palabra o frase que no alentara a la lucha de clases era considerada como mi enemigo en el afán de combatir la desigualdad y la injusticia.

La intención era buena, pero una importante ceguera me impedía entender el verdadero sentido de la frase. En realidad la Madre Teresa no estaba intentando convencer a los pobres para que estos aceptaran su papel y se conformaran con lo que les había tocado. Sus palabras no eran un regalo envenenado, al contrario, estaba indicando el camino de la felicidad.



Voy a contarles un cuento, pero antes he de cumplir con la justicia de reconocer que la “culpa” de mi afición a tirar de historias y metáforas para contar algo que no sé expresar de otra forma más diestra la tiene, en parte importante,  un conocido terapeuta argentino de nombre Jorge. Sí, me declaro Bucaydista. 

Al grano, ahí va el cuento, contado, como no puede ser de otra forma, a mi manera:
En el principio de los tiempos los Dioses se reunieron para crear al hombre. Una vez acordada la forma y características de este nuevo ser, todo estaba preparado para ponerlo en marcha. Bueno, todo menos un pequeño detalle. El ambicioso proyecto marcaba un punto de inflexión en sus creaciones al haber incluido en el humano un hecho diferencial importante: la conciencia. 

Uno de los Dioses, más precavido y sabio que los demás (pues sí, en los Dioses de mi historia hay niveles, además el cuento ahora es mío y lo narro como quiero), hizo constar al resto un matiz que habían pasado por alto y que podía destrozar su gran obra. Y es que al dotar de tanto poder a un ser tan inmaduro, podrían acabar avocando a éste hacia su propia destrucción.  Por ello, otro de los Dioses propuso una idea que fue inmediatamente aceptada por los demás. Ocultarían el secreto de la vida, y por ende de su propia felicidad, en algún lugar donde sólo pudiera  encontrarlo aquel cuyo nivel de conciencia fuese el suficiente.

El problema ahora era ¿Dónde?  “En la cumbre de la más alta de las montañas”, propuso un Dios. “O en la parte más profunda del más profundo de los océanos”, dijo otro. Pero un avance tecnológico que permitiera al hombre llegar hasta allí no supondría un alto grado de conciencia. Tras mucho debatir, el más sabio de todos ellos volvió a tomar la palabra. “Solo hay un territorio donde un ser no preparado nunca se atreverá a buscar” Expuso el lugar y todos aplaudieron su idea.

Por ello decidieron esconder la llave de todas la verdades en el único lugar donde siempre estaría a salvo, en el corazón de cada ser humano.

Y como epílogo a este cuento podemos añadir un dato más. El camino para llegar a la llave es en realidad tan sencillo que nos va a costar un huevo llegar hasta él (en este caso el artículo final  está tildado intencionadamente).


Al igual que los Dioses del cuento, grandes genios y sabios de la historia de la humanidad han escondido claves y secretos importantes sobre la vida allá donde es más difícil descubrirlos, o sea, delante de nuestros ojos.  Porque no hay camino más difícil de atravesar que el más simple de los caminos.


Hay una frase que resume muy bien lo que trato de explicar en este escrito. Dice: “El hombre no tiene miedo de sufrir, lo que tiene miedo es a ser feliz”. En pocas palabras explica una gran verdad cargada de un saber mayúsculo. Yo, para intentar explicar eso mismo tengo que rellenar dos folios, y ni aún así consigo definir la idea de una forma tan certera. Por eso quien la pronunció es Sabio y yo no.

Como muchos de ustedes,  yo también soy un buscador. Afino cada día mi linterna para tratar de hallar ese camino que me lleve a la felicidad. Pero mientras tanto, voy a preparar unas patatas para el almuerzo, y me voy a tomar mi tiempo para pelarlas de la forma más primorosa que pueda.


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