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lunes, 19 de mayo de 2014

Proyecciones






El pasado Domingo, tras la épica victoria del Atlético de Madrid, un señor caminaba enfundado en la camiseta colchonera por la acera contraria a la que yo utilizaba en esos momentos para pasear a mi perrita (o para pasearme ella a mí, ya que con el tiempo, y cuanto más nos conocemos, más confusa se me hace la asignación de roles entre mi can y yo).  

Además de la citada camiseta, lucia unos vaqueros añejos, una barriga desproporcionada, una naciente barba, de esas que chivan que no es que el señor quiera emular moda alguna, sino que simplemente ese día el afeitado ha ejercido su derecho de pereza, y un frondoso y mal peinado bigote. De los labios colgaba un cigarro triste, sostenido a media asta, que parecía humear más por inercia que por la acción de unos pulmones probablemente cansados. 

Los andares arrastrados  y la mirada fatigosa coronaban la imagen de un tipo que representaba a la perfección la antítesis de los valores que han hecho grande al equipo que se viste con la misma camisola que la suya.

Sin embargo, estoy convencido de ello, este hombre sintió como suyo el esfuerzo, el sacrificio y el trabajo duro que han ejecutado durante todo el año los integrantes del equipo del Manzanares.



 Es curioso el ser humano. Siempre ha ocurrido, no lo niego, pero quizás estemos asistiendo al cenit de una actitud contradictoria y alarmante. Aquella que traslada sus valores y deseos al exterior mediante la mente y se ve incapaz de aplicar sobre sí mismo aquello que valora.  ¿Por qué la misma persona que siente felicidad al ver como un grupo de personas consigue algo gracias al esfuerzo ha decidido entregar parte de su vida a la desidia?


Su imagen lo delataba. A este hombre del que les hablo hace tiempo que el espejo no le piropea.  Es posible que se sienta feo, gordo, acabado físicamente, o quizás simplemente entiende que ahora, tras la huida de la juventud, toca vivir la decadencia. Y se equivoca. El tiempo pasa, las grasas son más difíciles de controlar, el pelo se vuelve suicida y el muy cabrón se empeña en lanzarse al vacío sabiendo que no habrá reemplazo (salvo en casos “milagrosos” como el de Pepe Bono) y la fatiga puede visitarnos con más frecuencia de lo que lo hacía antaño. Pero todo eso no es suficiente para derrotarnos, no debería serlo.



Sin embargo, aunque cueste admitirlo, como sociedad hemos aprendido que llegados a una edad es mejor bajar los brazos en nuestra vida real y sobrevivir de las proyecciones. Es una lección tan dura de admitir como innecesaria de aprender. No tiene sentido volcar nuestras esperanzas en otros cuando nosotros mismos tenemos capacidad para hacernos felices hasta el último día de nuestras vidas.


Dejar que sean otros los que decidan el ánimo de nuestros corazones es altamente peligroso por dos motivos. El primero, porque en el peor de los casos nos sentiremos infelices por creer que no hemos conseguido algo que en realidad NOSOTROS no íbamos a conseguir. Y por otro, porque aún consiguiéndolo, eso no es más que una ficción, una proyección del ego que nos engaña haciéndonos participes de algo con lo que en realidad poco tenemos que ver.


Esto no quiere decir que tengas que abandonar la pasión por el equipo de de tus amores, por ejemplo, sino que debes ser consciente de que te estás divirtiendo con una ficción. No es tan difícil de admitir. Para un cinéfilo es sencillo dejarse llevar por el placer inexplicable de una obra maestra durante un par de horas y luego ser capaz de volver al mundo real consciente de que ha vivido una ficción maravillosa, pero ficción.


Esto es también aplicable al resto de proyecciones. Al deporte, a la política, a los nacionalismos, a las razas, al género, a la profesión…etc.  Es importante recobrar el sentido de la realidad para reencontrarse con uno mismo y poder descubrir que le han engañado. Que uno es mejor de lo dicen, mejor de lo que piensan y sobre todo, mejor de lo que uno mismo pensaba.


¿Así de sencillo?  No se preocupe, no se lo pondrán fácil. La sociedad camina en dirección opuesta y le seguirán bombardeando con miles de proyecciones que, para más inri, tendrán la desvergüenza de llamar valores. Pero los valores son otra cosa, algo que solo le atañe a usted en su relación con el medio y con los demás, y no al revés, como ocurre en el caso de las proyecciones. Si se fija bien, podrá comprobar como estas siempre van de fuera hacia dentro. 



Entiendo que si nunca se lo ha planteado esto le costará entenderlo, pero si es capaz de tomar distancia y analizarlo sufrirá un extraño “padecimiento”: se sentirá menos español, menos catalán, menos negro, menos mujer, menos sevillista, menos comunista, menos capitalista, menos taxista, menos ingeniero, menos deportista, menos católico, menos musulmán… etc.


Los matemáticos ya lo saben. Hay veces que  menos, menos y menos se acaba convirtiendo en más.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Regalos de Oriente






No siempre he sido tan fino, inteligente y elegante como ahora (si esto fuese un audio ahora sonarían las risas). De hecho, cuando era pequeño disfrutaba mucho con las comedias y espectáculos de sal gorda. No se pueden ustedes ni imaginar lo graciosos que me parecían los chistes de mariquitas.


Pero el tiempo pasa, y lo que ahora puede parecernos inaceptable, quizás era aceptado,  o incluso apreciado,  en tiempos ya caducos. Conviene no olvidarlo. No por el hecho de recordar aquello a modo de error que no has de volver a cometer (algo estúpido por otra parte, porque errores vas a seguir cometiendo) si no para ser capaces de entender que aquellos que ahora tropiezan en el mismo punto donde tú tropezaste quizás necesitan tiempo para cambiar, al igual que lo tuviste tú. 


Se llama evolución y forma parte del orden natural de las cosas. 

No todo el mundo evoluciona igual, es obvio. El grado de evolución depende de factores internos y externos.  No es lo mismo nacer siendo hijo de un sabio, que hacerlo dentro de una familia problemática y con carencias afectivas.  Pero el factor principal es interno. Es la voluntad y el trabajo de uno mismo el que te hace avanzar y superar los obstáculos que la vida, la sociedad o tu inexperiencia te ponen frente a las narices. Nadie nace sabiendo, pero todos tenemos la oportunidad de saber… un poco.


Esta misma óptica individual es aplicable a un plano general, a las sociedades.

La memoria flaca es nota dominante en los países más desarrollados. Pronto nos olvidamos de lo que aquí era normal hace tres días y nos precipitamos a juzgar a aquellos países que se encuentran sumergidos en las tinieblas que nosotros habitábamos poco antes. Nos parece inexplicable el trato que los niños y las mujeres sufren en determinadas sociedades, olvidando que unos añitos atrás a la explotación infantil aquí la llamábamos ayudar a la familia, y al hecho de presionar a las mujeres para aislarlas en sus casas de los círculos de poder o decisión lo llamábamos ser decente. Por no hablar de cosas más dramáticas, como el robo de recién nacidos a sus madres (ya que no eran apropiadas), palizas a mujeres desobedientes o maltrato de todo tipo para todos aquellos “desviados” sexuales que no comulgaban con el dictado de nuestra santa moral. Con ese grado de olvido poco vamos a poder ayudar a los demás.


Y es que si es dura y lenta la aceptación individual del cambio, la de la sociedad no lo es menos, ya que esta última se nutre de las piezas que entre todos formamos. La formula por lo tanto es sencilla: Cambio social= Cambio individual multiplicado por X. Siendo X un número suficiente y mayoritario de habitantes de una sociedad.  Traduciendo, si quieres cambiar las cosas que no te gustan de tu comunidad, comienza por cambiar tú y deja que cada cual haga su parte. Tardará más o menos, pero llegará.



Hace no muchos años, cuando yo era un niño [por eso digo que no hace mucho (risas de nuevo, por favor) ], las filosofías y medicinas orientales estaban situadas en el frente “Friki”. Solo los muy raros practicaban alguna disciplina de este tipo. No era normal ejercitarse en Yoga, TaiChi o Meditación. Y quien lo hacía era visto como una especie de amante de lo exótico, un extravagante o un locuelo, pero desde luego no como una persona que busca la salud (en el sentido amplio de la palabra).  Quizás esto ya comenzaba a normalizarse en las grandes ciudades, pero les aseguro que en mi Graná natal aquello era visto como una “pollaica”. 


Afortunadamente, y empujados por la necesidad, las antiguas prácticas orientales están llegando a nosotros disfrazadas de novedad. Ahora lo extraño es encontrar a alguien que desconozca de su existencia o que no practique alguna de ellas. Las herramientas que nos regalan las sabias y lejanas tierras de la India, China, Japón … etc, son de un valor descomunal para poner en práctica el difícil arte de convertirse en Persona, no en humano, que ya lo somos, aunque cueste creerlo en algunos casos. 

Otra cosa distinta es lo que seamos capaces de hacer con esas herramientas. Es normal que se produzcan adaptaciones, somos sociedades distintas y son tiempos diferentes. Pero una cosa es amoldar la herramienta para sacarle el máximo provecho sin contaminar su esencia y otra muy distinta el utilizarla con miras puramente comerciales. 

Todas las actividades filosóficas y deportivas que busquen ayudar son respetables, pero una cosa es practicar Yoga, en cualquiera de sus vertientes (Hata, Kundalini, Integral…) y otra el Pilates o practicas parecidas cuya finalidad es mejorar el cuerpo. Puedes hacer cosas parecidas, pero en esencia, y aquí la esencia es fundamental, no es lo mismo.

Llegados a este punto cabría preguntarse: ¿Cómo es posible que una serie de disciplinas consideradas hace poco tiempo como cosas de Frikis se han convertido en algo aceptado por la sociedad como bueno y sano? 

Volvamos a la fórmula anteriormente expuesta: Cambio social= Cambio individual multiplicado por X.  Para que se haya producido un cambio ha sido necesario  el paso adelante de muchos solitarios que fueron incomprendidos en su momento. Los “raros” nos ayudaron a los “normales” a descubrir algo valioso. 

Les debemos mucho, pero si ellos han evolucionado lo suficiente entenderán que nos les debemos nada. Y como dijo el sabio, y yo ya plagié alguna vez,  “quien quiera entender que entienda”. 


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