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viernes, 13 de diciembre de 2013

El secuestro






El otro día me contaron una historia muy curiosa. He tratado de contrastar la información antes de ofrecérsela a usted como hecho real, pero les confieso que he fracasado. Aun así, no me resisto a compartir esta “fábula”, tan cruel, tan hermosa.


En el transcurso de una de las crisis de Argentina, las medidas que el gobierno de turno implantaba hacían que la población se empobreciese cada vez más. Lejos de buscar una salida en la redistribución de la riqueza y en un cambio de políticas capaces de sacar del atolladero a los ciudadanos, los “representantes” del pueblo se dedicaban a tratar de cuadrar sus cuentas a base de dentelladas en la masa más indefensa. 


Hundidos en la miseria y desesperados, un grupo de ciudadanos se reúne para planificar minuciosamente un plan muy arriesgado: secuestrar a un Ministro.
Tras muchos días de reuniones, planes y contraplanes, deciden ejecutar su idea. Y mira tú por dónde, resulta que todo sale bien.


Ahora, en un lugar desconocido, el Señor Ministro se encuentra maniatado y con los ojos cegados por una venda. Todavía desconcertado ante lo inesperado de la acción y por los efectos de las drogas que le inyectaron para secuéstralo, respira aceleradamente mientras trata de recomponer en su cabeza lo ocurrido.
No tendrá tiempo, antes de que sea capaz de encajar todas las piezas, dos hombres con la cabeza en estado de incognito (gracias a sendos pasamontañas) le quitan la venda y le explican lo sucedido.


Ya sabe que está secuestrado, que lo han arrancado con violencia de su cómoda vida, que por el momento, y quién sabe si alguna vez volverá a hacerlo, no podrá contactar con su esposa, con sus hijos, con sus amigos… etc.

La habitación en la que se encuentra tiene treinta metros cuadrados, y es allí donde va a vivir. Pero no como un secuestrado “estándar”, no, va a vivir en carne propia como lo hacen millones de ciudadanos. Se le asignará un sueldo semanal, paupérrimo, por supuesto, con el que tendrá que sobrevivir como pueda. Para recibir tal salario, realizará los trabajos que se le encomienden bajo las mismas condiciones que tienen millones de trabajadores. Solo así podrá permitirse realizar una lista de la compra que sus secuestradores se encargarán de tramitar en el exterior.


El secuestro duró unos meses. Después, una vez creyeron que la lección quedaba aprendida, los secuestradores decidieron liberarle.
Apenas dos días tardó la policía en dar con ellos. Acabaron todos en el trullo o “desaparecidos”, dependiendo del grado de implicación que hubieran tenido en la operación.

El gobierno utilizó lo sucedido para endurecer las leyes de represión sobre la ciudadanía y entre poco y nada cambiaron las perspectivas de la población obrera argentina.

Pero el señor ministro, aduciendo motivos de salud, presentó su dimisión. No fue capaz de seguir siendo cómplice de una política que condenaba a la miseria a la mayor parte de sus ciudadanos, mientras otros se hacían cada vez más ricos y poderosos. 

Sufrió inmensamente, aislado en un lugar donde no entraba el sol. Pasó hambre cuando el dinero ganado con mucho sudor y esfuerzo no le daba para comer siempre. Enfermó unos días y se vio obligado a cuidarse como mejor supo, debatiéndose entre pagar la asistencia médica o comprar un trozo de pan y algo de arroz.
Fue una experiencia aterradora, pues, como bien le dijeron desde un principio sus secuestradores, solo de él iba a depender su supervivencia. Si en algún momento decidía dejar de luchar, ellos estaban dispuestos a dejarlo morir. Solo dependía de él.

Aquí acaba la historia, o quizás es aquí donde comienza.

No se haga líos, no le estoy proponiendo un secuestro. De hecho, le cuento esto porque el secuestrado de esta historia es usted. Y es usted, también, el que tiene la oportunidad de quitarse la venda.


lunes, 9 de diciembre de 2013

¿Una nueva constitución?








Cuando, a propósito de la festividad del pasado 6 de diciembre, oigo a Rajoy y a su alma gemela, Rubalcaba, hablar de una posible modificación de la constitución, me pongo a temblar.

Dejar en manos de estos tipos y sus congéneres la remodelación de la carta magna, sería tan inteligente como colocar a un inepto o a un malnacido en un sillón ministerial…ah, perdón, que ya se ha hecho… ¡y trece veces en esta legislatura!


Como siempre, los jefes de pista de este lamentable circo tratan de llevar la atención hacia una cuestión insustancial, que ellos enarbolan cual bandera de la salvación. 

Por lo visto, según las instrucciones de nuestros maestros de ceremonias y de sus fieles payasos, antes conocidos como periodistas, el amable público ha de decantarse por una de las dos opciones: Remodelación Sí, Remodelación No.

Francamente, señores del circo, me la bufan las dos opciones hasta que no me expliquen qué es lo que quieren cambiar, para qué pretenden hacerlo y, sobre todo, qué es lo que quieren colocar en su lugar. 



La constitución perdió su importancia gracias, precisamente, a esos que ahora pretenden cambiarla. De nada sirve un texto “sagrado” que no se respeta, por muy encuadernado que esté en papel de alta calidad y lomos dorados.
Ustedes, señores del PSOE y del PP, han convertido en papel higiénico la base sobre la que se construye un estado de bienestar, que es la única forma de estado que a mí me interesa. 


¿De qué sirve imprimir una nueva constitución que añada beneficios para la ciudadanía y para el correcto desarrollo del entendimiento entre sus ciudadanos, si ustedes ya se están pasando el actual texto por el forro de los cojones?, ¿o acaso no cita la actual constitución que todos somos iguales ante la ley?, a lo mejor esto se lo podemos preguntar a la Casa Real, garante de la conservación y el cumplimiento de la constitución española. 

¿Quizás no está escrito que todo ciudadano tiene derecho a un trabajo digno? En este caso no se respeta ni el derecho al trabajo ni mucho menos la dignidad del mismo. 

¿No dice el sagrado libro algo referente al derecho a la vivienda?, A los de la plataforma antidesahucios este artículo les alucina.  ¿Y alude a la libertad de expresión?, creo que sí, ¿verdad señor Fernández?

Lo triste de todo esto es que podríamos repasar el texto constitucional artículo por artículo para acabar dudando si lo que estamos leyendo es una agrupación consensuada de normas o un libro que podría firmar Isaac Asimov. No se está cumpliendo.


El problema no es la redacción actual, que dicho sea de paso, necesita un buen cambio de look ahora que ya no tenemos tanto miedo al cabreo de los de siempre. El problema, señores míos, son ustedes.  No por incapaces, que lo son en muchos casos, si no porque ustedes no quieren que cambie nada. No tienen el valor, las miras y el talento necesario para llevar a buen puerto proyecto alguno. Les asusta perder el status que han conseguido a fuerza de mantener el músculo de sus mentiras a base de entrenamiento de oratoria. Se han especializado en el dudoso arte de hablar durante horas sin decir nada, porque en realidad no tienen nada que decir, salvo tengo miedo.

Las canillas les tiemblan cuando alguien propone un cambio, por ligero que este sea, que pueda suponer un peligro para el “normal” discurrir de sus privilegios. Por eso quieren cambiar la carta actual, para blindar su posición.

Por lo menos, ya puestos, sean sinceros y propongan la redacción de dos constituciones. Una para ustedes, concebida desde las entrañas del más rancio de los caciques, y otra para el pueblo, llena de migajas y luces de circo.

Qué lástima no poder cerrar este artículo al son de la esplendida banda sonora de Ocho y medio. 


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