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lunes, 24 de junio de 2013

Un corte...publicitario



Por si acaso me pongo un poco borde en alguna línea, lo voy a avisar antes: estoy muy enfadado. Lo que me ha ocurrido clama al cielo y no puede quedar así. Por ello he decido aprovechar este espacio para denunciarlo y para que todo el mundo lo sepa.

Anoche puse la tele un ratito antes de acostarme, como somnífero a mí me funciona de maravilla. Sin embargo, esta vez me desperté en el intermedio de la película que estaban emitiendo, no me pregunten cual era porque no tengo la más remota idea, y comencé a fijarme en los anuncios. Hace ya tiempo que adquirí la costumbre de ver la televisión con el mando en la mano, costumbre ésta muy extendida entre los hombres, y he de confesar que he conseguido alcanzar velocidades de rayo a la hora de cambiar de canal cuando el programa que estoy viendo interrumpe su emisión para ir a publicidad. En cambio, aún no sé muy bien por qué, es posible que Morfeo no me hubiera abandonado del todo, esta vez me quedé con los sentidos clavados en la pantalla. En mi televisión de tubo, lo siento no tengo plasma, soy un romántico, apareció lo que llevaba tanto tiempo buscando. ¡¡¡Eureka!!! grité emocionado, consiguiendo despertar al bebé de mis vecinos (que se joda, él me hace lo mismo a mí dos noches sí y una también). 

Apenas pude pegar ojo en toda la noche ansioso como estaba porque llegara el nuevo día. Nada más amanecer me levanté de un salto, me dí una ducha rápida y salí pitando sin desayunar. Cuando llegué a la puerta de El Corte Inglés (espero que no se note la publicidad encubierta) aún no habían abierto. Claro, eran apenas las siete y media de la mañana. Busqué un cafetería en los alrededores para llenar un poco el estomago, el no es tan despistado como yo y ya comenzaba a reclamar su ración matinal. Como estaba tan nervioso me conformé con un ligero desayuno formado por tres churros, dos porras, media tostada de aceite, media de tomate y dos de mantequilla. Todo ello regado por tres cafés, cortos, eso sí, ya he dicho que andaba desganado.

A las diez en punto abrieron las puertas de ese magnífico centro comercial llamado El Corte Inglés (Bufff, creo que hora se me ha notado un poco más). Entré cual María en bata de guatiné el primer día de rebajas, dispuesto a encontrar mi tesoro. Llegué a la sección de perfumería, gracias a las excepcionales indicaciones que hay en este majestuoso gran almacén,  y allí estaba, esperándome, brillante, pequeñito y en diferentes colores. En letras mayúsculas pude leer el nombre de la pócima: AXE.  Cogí uno de cada y me dirigí a la caja. En el camino, y no siendo capaz de aguantar la tentación, me rocié los bajobrazos que unen al tronco, también llamados sobaquillos, y el pecho. No escatimé en gastos, me pulí dos botes de un plumazo.

Al llegar a la línea de cajas oteé debidamente en busca del rostro femenino que más se acoplará a mis gustos. Lo encontré y me dirigí, pecho inflado y altiva barbilla, hacia el. Al llegar puse mis ojillos de galán y le dije: “Buenos días señorita, no sabía que la primavera había florecido tanto en El Corte Inglés”.
Ustedes me comprenderán, lo lógico es que ante una frase como esa e impregnado de AXE hasta las trancas (esta última palabra podría cambiarse al singular y seguiría teniendo sentido), la chica hubiese saltado la cinta trasportadora y se me hubiese lanzado a la yugular… para lamerla… la yugular digo… bueno ustedes me entienden, ¿no?. Pues NO. ¿Qué creen que ocurrió?. La señorita me miró con los ojos bañados en legañas y me dijo, literalmente: “son 32 con 80, ¿va a querer bolsa?.

Estaba claro lo que había ocurrido. Tuve la mala suerte de ir a por la empleada contratada en el plan de integración de discapacitados. La pobre tenía que tener la pituitaria echa ciscos y probablemente la nariz ya sólo le servia para sostenerse las gafas. De otra forma no puede entenderse que no se me tirara encima al olerme. Ante mi primer intento fallido salí de allí en busca de nuevos intentos. A las doce y media de la mañana me volví a casa exactamente con ciento cincuenta y dos intentos fallidos.

He llegado, querido amigo, a la conclusión de que, aunque a usted le cueste creerlo, los anuncios mienten. El desodorante no hace que las mujeres caigan a tus pies, la leche desnatada no te hará adelgazar, sobre todo si la empujas con dos tostadas, una determinada marca de cereales no va a conseguir que Natalia Verbeke cague a  tu lado, un coche no te hará crecer el pene por muy potente que sea, el coche, una sola cerveza no te convertirá a ti y a tus amigos en los seres más felices de la tierra, quizás quince o veinte sí….

Todo, absolutamente toda la publicidad de la televisión es una pura falsedad. Bueno, todo menos EL Corte Inglés, claro.

Postada_ Ruego al señor representante del prestigioso centro comercial E.C.I (lo pongo en siglas para no desvelar el nombre de la empresa) realice la transferencia acordada lo antes posible.

viernes, 21 de junio de 2013

Del latín intelligentĭa


Normalmente intentamos crear nuestros círculos de amistades con aquellas personas que nos aportan algo. Esto difiere mucho en función de lo que estés buscando en un momento concreto de tu vida, de tus necesidades. Pues bien, yo acostumbro a rodearme de personas que de una u otra forma me ayudan a crecer, me enseñan cosas que no sabía o de las que no me había percatado, y lo hacen con palabras unas veces, con acciones otras o con el simple hecho de estar. Todos ellos destacan en diferentes aspectos que yo admiro, pero suelen tener un punto en común, lo que coloquialmente llamamos inteligencia. Esta palabra da mucho juego, y basta echarle un vistazo a la definición de la RAE para confirmarlo. Siete acepciones tiene, la más utilizada y expandida es posiblemente la que hace referencia a la mayor o menor capacidad del intelecto para resolver problemas, mientras que la menos conocida es la que se define como “Sustancia puramente espiritual”. Como este es un blog de “raros” para “raros”, a esta última definición me voy a referir.

Todo comenzó hace un par de días cuando, muy acertadamente y a raíz de un artículo publicado aquí, un amigo me hizo dudar acerca del verdadero significado de “inteligencia”. Todo en esta vida tiene un precio, y rodearse de gente lista e inquieta también lo tiene: el de "rebanarte los sesos" de vez en cuando. Sabiendo que él sabe mucho más de lo que yo creo saber, he dudado a la hora de atreverme a escribir algo y quedar en evidencia. Así que he optado por la mejor solución posible, llamar a mi madre.

Tras unos minutos explicativos en los que le he aportado todo tipo de información e incluso alguna prueba gráfica (ella también se ha “wasapeado” y le he enviado una foto de mi “contrincante” intelectual),  ha sabido dar en la tecla justa para que al final me lanzara al reto. Me ha dicho: “no te preocupes hijo, él será más listo, pero tu eres pelín más guapo”. En pleno zenit de un ataque de narcisismo he comenzado así:

Por más que hayamos mamado desde nuestra infancia la idea de que fulanito o menganito son muy inteligentes porque han sido capaces de sacarse la carrera de medicina, abogacía o unas oposiciones a notario, lo cierto es que la capacidad de retener datos es una cosa, la de resolver problemas es otra, la destreza y habilidad otra más y la inteligencia, tal como la concibe mi amigo y como yo comienzo a creer, otra bien distinta. Seguro que todos hemos llegado a conocer a lo largo de nuestra vida a personas que destacaban en algún campo de forma sobresaliente y que sin embargo no tenían muchas habilidades sociales. Se relacionaban mal con los demás, con el entorno y con ellos mismos. A mi ellos me parecen buenas computadoras. Son capaces de sacarle un gran partido a algunas partes de su cerebro, y esto es admirable por el trabajo que conlleva, pero eso no les cualifica como personas.

El uso de la inteligencia te permite comenzar a buscar las respuestas, sean éstas de la índole que sean,  mirando primero hacia dentro y luego, si es necesario, hacia fuera. De nada sirve pensar de un modo concreto, aprendido a base de conocimientos y experiencias adquiridas, si te quedas en lo superfluo. Si aceptas como dogmas todo aquello que una vez te sirvió, podrás seguir acaparando datos durante años, pero la falta de flexibilidad de impedirá crecer.

Cuestionarse a uno mismo es símbolo de inteligencia. Buscar aquello que es coherente con lo que sabes( ¡y lo sabes!)  que tiene que ser, es inteligencia. Romper creencias que ya no te sirven porque ahora eres otro, es también inteligencia. Pero como he dicho anteriormente todo tiene un precio, y en este caso llegar hasta un nivel que te permita el uso de tu verdadera inteligencia de un modo aceptable, es un camino que no siempre resultará sencillo de transitar. Porque comenzar a pensar y actuar de forma coherente con tu SABER, es también destruir todo o gran parte de aquello sobre lo que te has sostenido durante mucho tiempo. Si te dispones a deshacerte de las cómodas excusas que has utilizado para no enfrentarte a ti mismo, que es por cierto el peor enemigo con el que vas a topar en tu vida, tendrás que renunciar a muchas de las cosas aprendidas y cuestionar otras.

Soy consciente de que en realidad me he movido en circunloquios alrededor de la palabra inteligencia sin llegar a definirla. Tiene su explicación, no sé definirla de una forma concreta. Es algo que se me escapa, que no puedo traducir al verbal. Es mi intuición la que me asegura su existencia, es eso que hace que tú y yo sepamos lo que es mejor para nosotros y para el otro sin necesidad de que nadie nos lo explique. No necesitamos aprenderlo porque siempre lo hemos sabido. ¿Cómo?, ¿Desde cuando?,  ¿Por qué? ,¿Quién o Qué lo puso ahí?... francamente, no tengo la menor idea. Yo soy tan ignorante como usted, o quizas usted no.

Posdata_ Le he vuelto a enviar un "wassá" a mi madre para que me confirme que sigo siendo pelín más guapo que mi “contrincante” intelectual. La muy desleal ahora titubea.


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