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viernes, 21 de junio de 2013

Del latín intelligentĭa


Normalmente intentamos crear nuestros círculos de amistades con aquellas personas que nos aportan algo. Esto difiere mucho en función de lo que estés buscando en un momento concreto de tu vida, de tus necesidades. Pues bien, yo acostumbro a rodearme de personas que de una u otra forma me ayudan a crecer, me enseñan cosas que no sabía o de las que no me había percatado, y lo hacen con palabras unas veces, con acciones otras o con el simple hecho de estar. Todos ellos destacan en diferentes aspectos que yo admiro, pero suelen tener un punto en común, lo que coloquialmente llamamos inteligencia. Esta palabra da mucho juego, y basta echarle un vistazo a la definición de la RAE para confirmarlo. Siete acepciones tiene, la más utilizada y expandida es posiblemente la que hace referencia a la mayor o menor capacidad del intelecto para resolver problemas, mientras que la menos conocida es la que se define como “Sustancia puramente espiritual”. Como este es un blog de “raros” para “raros”, a esta última definición me voy a referir.

Todo comenzó hace un par de días cuando, muy acertadamente y a raíz de un artículo publicado aquí, un amigo me hizo dudar acerca del verdadero significado de “inteligencia”. Todo en esta vida tiene un precio, y rodearse de gente lista e inquieta también lo tiene: el de "rebanarte los sesos" de vez en cuando. Sabiendo que él sabe mucho más de lo que yo creo saber, he dudado a la hora de atreverme a escribir algo y quedar en evidencia. Así que he optado por la mejor solución posible, llamar a mi madre.

Tras unos minutos explicativos en los que le he aportado todo tipo de información e incluso alguna prueba gráfica (ella también se ha “wasapeado” y le he enviado una foto de mi “contrincante” intelectual),  ha sabido dar en la tecla justa para que al final me lanzara al reto. Me ha dicho: “no te preocupes hijo, él será más listo, pero tu eres pelín más guapo”. En pleno zenit de un ataque de narcisismo he comenzado así:

Por más que hayamos mamado desde nuestra infancia la idea de que fulanito o menganito son muy inteligentes porque han sido capaces de sacarse la carrera de medicina, abogacía o unas oposiciones a notario, lo cierto es que la capacidad de retener datos es una cosa, la de resolver problemas es otra, la destreza y habilidad otra más y la inteligencia, tal como la concibe mi amigo y como yo comienzo a creer, otra bien distinta. Seguro que todos hemos llegado a conocer a lo largo de nuestra vida a personas que destacaban en algún campo de forma sobresaliente y que sin embargo no tenían muchas habilidades sociales. Se relacionaban mal con los demás, con el entorno y con ellos mismos. A mi ellos me parecen buenas computadoras. Son capaces de sacarle un gran partido a algunas partes de su cerebro, y esto es admirable por el trabajo que conlleva, pero eso no les cualifica como personas.

El uso de la inteligencia te permite comenzar a buscar las respuestas, sean éstas de la índole que sean,  mirando primero hacia dentro y luego, si es necesario, hacia fuera. De nada sirve pensar de un modo concreto, aprendido a base de conocimientos y experiencias adquiridas, si te quedas en lo superfluo. Si aceptas como dogmas todo aquello que una vez te sirvió, podrás seguir acaparando datos durante años, pero la falta de flexibilidad de impedirá crecer.

Cuestionarse a uno mismo es símbolo de inteligencia. Buscar aquello que es coherente con lo que sabes( ¡y lo sabes!)  que tiene que ser, es inteligencia. Romper creencias que ya no te sirven porque ahora eres otro, es también inteligencia. Pero como he dicho anteriormente todo tiene un precio, y en este caso llegar hasta un nivel que te permita el uso de tu verdadera inteligencia de un modo aceptable, es un camino que no siempre resultará sencillo de transitar. Porque comenzar a pensar y actuar de forma coherente con tu SABER, es también destruir todo o gran parte de aquello sobre lo que te has sostenido durante mucho tiempo. Si te dispones a deshacerte de las cómodas excusas que has utilizado para no enfrentarte a ti mismo, que es por cierto el peor enemigo con el que vas a topar en tu vida, tendrás que renunciar a muchas de las cosas aprendidas y cuestionar otras.

Soy consciente de que en realidad me he movido en circunloquios alrededor de la palabra inteligencia sin llegar a definirla. Tiene su explicación, no sé definirla de una forma concreta. Es algo que se me escapa, que no puedo traducir al verbal. Es mi intuición la que me asegura su existencia, es eso que hace que tú y yo sepamos lo que es mejor para nosotros y para el otro sin necesidad de que nadie nos lo explique. No necesitamos aprenderlo porque siempre lo hemos sabido. ¿Cómo?, ¿Desde cuando?,  ¿Por qué? ,¿Quién o Qué lo puso ahí?... francamente, no tengo la menor idea. Yo soy tan ignorante como usted, o quizas usted no.

Posdata_ Le he vuelto a enviar un "wassá" a mi madre para que me confirme que sigo siendo pelín más guapo que mi “contrincante” intelectual. La muy desleal ahora titubea.


jueves, 20 de junio de 2013

Pinceladas en el aire



¿Cuánto sería justo pagar por llevarse a casa el cuadro de “las señoritas de Avignon” de Picasso?. ¿Mil euros, un millón, cien millones…quizás mil?. La respuesta es tan relativa que al final la acaban marcando, como no puede ser de otra forma, las leyes del mercado. Aquello de la oferta y la demanda. Sin embargo, imagínese por un momento que el pintor malagueño hubiese pasado por este mundo con más pena que gloria, profesionalmente hablando, y a usted y a mi nos llevara el misterioso destino a encontrarnos en una galería de arte de tres al cuarto contemplando el cuadro. Es posible que ambos quisiéramos comprarlo, ya le adelanto que yo sí, pero seguramente ambos fijaríamos un precio en función de nuestras posibilidades, como haríamos con cualquier otro objeto. Digamos que yo podría soltar quinientos euros por el, y que usted aflojaría quinientos más por arrebatármelo. En ese caso, usted se llevaría a casa dos cosas: una obra maestra irrepetible y mi más profunda animadversión hacia usted.

Y es que tasar con justicia la valía de una obra de arte es sencillamente imposible, ya que el valor que se desprende de estas piezas no puede medirse. El arte es en sí mismo un medio de comunicación que parte de la obra hacía el infinito sin saber a quien se encontrará en su camino. He visto a muchas personas corriendo por los pasillos del Louvre en busca de La Gioconda, en pleno auge tras el éxito de El código Da Vinci, mientras pasaban cerca de algunas obras impresionantes del gran Rafael. En Nueva York observé como se acumulaban hordas de turistas frente a un Vang Gogh, quién se lo iba a decir a él, mientras unos retratos de Bacon estaban desiertos, hasta que llegué yo para sobrecogerme de la cabeza hasta la rabadilla.

Es lógico pensar que el autor trata de transmitir con su obra una idea, una impresión, un sentimiento o un algo difícilmente clasificable. Pero nunca sabrá quien es el receptor de su mensaje. Bacon pintó aquellos retratos para las personas que lo ignoraron en el museo de Nueva York y para mí. Sin embargo, ellos prefirieron obviarlo en favor de un pintor más famoso, e igualmente maravilloso, y yo me sentí hipnóticamente atraído hacia su obra. Determinar que es lo que nos diferencia a aquellas personas y a mí para que yo sienta tal atracción por una pintura concreta y ellos no, es tan imposible como responder a la pregunta que abría este artículo.

Los mecanismos cerebrales de asociación y la interacción de estos con las sensaciones son demasiado complejos y personales como para determinar que es lo que hace saltar ese muelle que pone en alerta tu atención. Sin embargo el arte va más allá. Puede entrar por la vista, por el oído, por el tacto, pero no es allí donde ataca. Es un todo, que sale del creador desde todo su ser y llega al receptor de la misma manera. Si una obra te llega te tambalea, te conmueve, puede llegar a romper esquemas mentales, a deshacer lo que creías firme e inamovible. No hay cabeza que lo maneje porque no está concebido para la cabeza, de hecho es más que posible que no sepas explicarlo por más que te guste o disguste.

Y no todo tiene porque parecernos “bonito”. Matisse me transmite una belleza móvil, danzarina, tendente a la unidad. Picasso me emborracha, veo sexo, furia, y una fuerza creadora que se expande sin parar. Dalí es tan genial que raya en la pedantería. Creía que nadie podía saber de todo, pero él existió. Léger me relaja. A pesar de la oscilación de la pincelada en algunos de sus cuadros, todo está en su sitio. Es el pintor ideal para los neuróticos. Los retratos de Bacon de rostros desnudan más que el mayor de los desnudos. Sin embargo, los desnudos de Lucian Freud reflejan miles de cosas, pero lo que menos importa es el hecho en sí del desnudo…
Seguramente, si usted conoce la obra de alguno de estos pintores, coincidirá en algo de lo anteriormente dicho y diferirá en otra tanto. Eso es lo genial. El artista lanza su mensaje desde un punto de evolución, aquel en el que se encuentra. Mientras que el receptor capta este mensaje total o parcialmente, dependiendo del punto donde se encuentre. O quizás tergiverse el mensaje porque así tiene que ser para él en ese momento. Y lo mejor de todo es que, percibiendo cosas diferentes, ninguno de los dos tenemos razón, o quizás ambos. El único capaz de percibir el mensaje en su totalidad es el creador de la obra en el mismo momento de su concepción. Poco después ya lo le parecerá igual, porque él también habrá cambiado.

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