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viernes, 12 de julio de 2013

Animales en San Fermín



Sé que a más de uno no le voy a convencer, pero me lo vais a permitir. Hoy voy a enfundarme el turbante y a escribir unas líneas a ritmo de mantra.

Desde el punto de vista tradicional de la espiritualidad asiática, por ejemplo en la india, el ser humano se compone de varios cuerpos. El físico es uno de ellos, el mental es otro y el energético otro más. No son completamente independientes, interactúan y se necesitan para sobrevivir. En todos ellos es necesario el equilibrio, ya que de no ser así, es decir, de estar desequilibrado uno de los cuerpos, el resto se ve afectado. Las enfermedades son el resultado de la falta de armonía en uno o varios de los cuerpos. De hecho, en realidad no existen las enfermedades, sino la enfermedad, o sea el desequilibrio.

El cuerpo energético tiene mucho que explicar, pero me voy a centrar en algo de lo que seguro han oído hablar alguna vez: los chacras. Estos son los centros de energía del cuerpo, y son muchos, pero fundamentalmente hablamos de siete grandes chacras.

Un ser en estado activo de evolución comenzará a desarrollas sus chacras desde abajo hasta arriba. Como en todo, hasta arriba solo llegan los mejores, los más evolucionados, los más valientes y los que más han trabajado. Aún así, conste que no todos los que trabajen, se esfuercen y se atrevan llegarán hasta el final. Depende de tu capacidad, de tu karma y de otros misterios en los que no vamos a entrar.

Pero volviendo a la visión general del cuerpo energético, podemos decir que para llegar al corazón (4º chacra y  comienzo de tu verdadero ser) primero hay que desarrollar los chacras inferiores. Y es aquí donde quería llegar.

Las imágenes aparecidas en los medios de comunicación en referencia a la celebración de los San Fermines 2013 me han sobrecogido. Ver una estampa de bacanal en el siglo XXI en la que no se sabe muy bien si hay pura diversión o intento de agresión, me deja una extraña sensación de mirar sin saber que es en realidad lo que estoy viendo. Si estuviera seguro de que todo lo allí ocurrido era consentido, pensaría que es una orgía a gran escala, y punto. Te gusta o no, participas o no, lo aplaudes o lo abucheas, pero nada más. Sin embargo, a mi no me queda claro que es lo que estaba ocurriendo en esa plaza. ¿Tengo derecho a sobarle las tetas a una chica que decide quitarse la ropa embriagada por la fiesta y algo más?, pues NO. ¿Y si no está borracha?, pues TAMPOCO.

No sé hasta que punto disfrutaron o sufrieron aquellas jóvenes la fiesta, pero todo esto me conduce hacia una imagen común: la de un numeroso grupo de seres anclados en su parte más baja, más animal, menos consciente.

No me malentiendan, no estoy en contra de la expresión sexual, privada o pública, todo lo contrario. Lo que me preocupa es ese dejarse llevar por el animal instintivo que todos somos. Negar tus instintos y necesidades es absurdo y contraproducente, como muestra ahí están las iglesias y su enfermiza costumbre de aplicar siempre la represión sexual para controlar al populacho. Pero no es el sexo en sí lo que les preocupa, sino la libertad. Llevados por un miedo profundo y enraizado a través de los siglos, intentan frenar la evolución del individuo. Están tan anclados en sus bajos fondos los “verdugos” como sus “victimas”.

Las iglesias, afortunadamente, han ido perdiendo poder sobre el pueblo con el paso de los últimos años en algunos países. Pero la semilla que han sembrado durante tanto tiempo continúa dando sus frutos. La aparente libertad que hemos adquirido es ficticia. Si el resultado de romper con la prohibición de hablar, ver o practicar sexo se ve traducida al espectáculo de Pamplona, es que no hemos evolucionado nada. Estamos dando vueltas sobre nuestra base. Si lo pensamos bien, es incluso peor. Antes nos cerraban la jaula para no escapar, ahora la puerta está entreabierta, pero no salimos.

La respuesta de un ser en crecimiento que consigue la libertad sexual (equilibrando su segundo chacra), es la de disfrutar del sexo, la de no escandalizarse por ver un cuerpo desnudo, la de ser creativo en sus relaciones y, por supuesto, la de no sentir el impulso irrefrenable de lanzarse sobre una jovencita que exhibe sus pechos en público.

Una cosa es admitir, aceptar y disfrutar tu parte animal, y otra bien distinta cómo la gestiones.

Es absurdo, inútil y dictatorial tratar de prohibir la pornografía o la prostitución, siempre y cuando esta se practique con consentimiento de ambas partes. Pero la libertad no consiste en eliminar esas prohibiciones, hay que ir más allá. Hay que romper con nuestras propias represiones. Como bien decía Osho, el Vaticano y Playboy son lo mismo. Se necesitan la una a la otra. Son la misma moneda represora con distinta cara. Quien alcanza la libertad sexual no necesita pornografía ni doctrinas morales porque vive el sexo.

El equilibrio es la respuesta. Pero no puedo darle más pistas, porque no sé más.

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