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lunes, 13 de enero de 2014

Caminos divergentes



 

 

 

Gorka Landaburu y Francisco José Alcaraz son dos víctimas de ETA. El primero sufrió en carne propia un intento de asesinato que le dejó importantes secuelas. El segundo padeció la pérdida de varios seres queridos a consecuencia de un atentado con coche bomba.

Determinar cuál de las dos acciones sufridas trajo a sus protagonistas mayor dolor o peores secuelas es imposible. Estas cosas no pueden medirse.


Los dos personajes mantienen una actitud dispar a la hora de encarar esta durísima injusticia. Gorka, opta por la vía del perdón, por el camino del que trata de comprender a aquellos que un día quisieron verle muerto y pusieron para ello toda su intención. Francisco José, en cambio, se mantiene firme en su promesa de no parar nunca en la lucha contra los terroristas, no ceder ni un milímetro ante los que ajaron su corazón.

¿Quién de los dos me merece mayor respeto? Sin dudarlo, ambos.



El dolor es un sentimiento demasiado complejo y autodestructor como para que encima nadie trate de presionarnos tratando de que llevemos nuestro desbocado sufrimiento a su estable punto de vista. 



¿Quién de los dos merece más admiración? En este caso, y dicho sea con el más profundo de los respetos, Gorka.

Y digo esto porque habiendo llegado ambos al mismo infierno, uno ha decidido comenzar el camino de vuelta, y el otro sigue esperando que aquellos que causaron su dolor vengan a reemplazarlo entre las calderas de Lucifer. 


Repito, y no me cansaré de hacerlo, que entiendo ambas posiciones, y que no soy quien, ni trato de serlo, para decidir cuál es la opción que hay que tomar. Pero desde el plano del que no padece ese sufrimiento, sí que puedo expresar lo que veo.

Y veo a un hombre que espera lo imposible, pues por mucho que afile su venganza, por dura que pueda ser la condena contra los asesinos, no abandonará el infierno. Podrá sentirse allí acompañado por los asesinos, pero nadie llegará para darle el revelo. La salida solo depende de él.
Y ésta llega emprendiendo el camino de vuelta. Pero para comenzar a salir de allí, y ahora viene lo difícil y mi admiración por Gorka, primero hay que soltar el peso que nos cargamos en la espalda el día que bajamos al averno: Irremediablemente hay que perdonar.




Ahora es cuando las entrañas de muchos de los que lean estas líneas comienzan a soltar sapos y culebras que, tratando de traducir en palabras, vendrían a decir algo más o menos así:

·         ¿perdonar a quien mató a tu hija, a tu hermano o a tu marido? Eso es imposible
·         Esa gentuza no se merece el perdón
·         Primero que sufran esos malnacidos y luego veremos
·         Esto lo escribes porque tú no has sufrido algo parecido y no tienes ni puta idea de lo que estás hablando….



Serían muchas frases más las que podría mostrar intentando ilustrar los sentimientos que despiertan palabras de perdón cuando nos referimos a unos asesinos, pero con estas cuatro es suficiente para tratar de explicar lo que quiero.

Uno, perdonar en cualquier caso y circunstancia no solo es posible, sino que es una de esas cosas que consiguen las mejores PERSONAS (no digo humanos, digo Personas) y por supuesto no digo que yo me encuentre entre ellas.

Dos, todo aquel que en conciencia se arrepienta del mal causado es merecedor de perdón, pero no por ello será perdonado. Eso solo depende de la víctima. Y ésta está en su derecho de decidir lo que quiera, sea lo que sea, y aunque esa decisión le perjudique.

Tres, el sufrimiento ajeno, incluso el de nuestro verdugo, no elimina el propio. Puede incluso que lo aumente, por muy extraño que pueda parecerle.

Cuatro, tiene usted toda la razón. Ya le dije anteriormente que no pretendo dar lecciones.



Pero la clave de todo esto está en poner el foco en la victima cuando tratamos de ayudarla y dejar de volver una y otra vez la atención hacia los asesinos.  ¿Qué importancia tiene para el agredido el sufrimiento del asesino si éste logra deshacerse del suyo?  Esa es la parte que a mí me interesa, la que atañe al inocente, la que puede devolverle la paz.

¿Estoy con ello pidiendo la puesta en libertad de los asesinos arrepentidos? No. La vida tiene acciones y consecuencias, y aquel que realmente esté arrepentido será el primero en entender que tiene que asumir unas consecuencias, y la cárcel no será la más dura de ellas. Pero, como digo, esto solo atañe a los arrepentidos.

En definitiva, antes de sacar desde la más profunda oscuridad nuestros peores insultos, inyectar los ojos en sangre y unirse a la multitud pidiendo venganza, sería bueno pararse un segundo a pensar si esa es la mejor forma de ayudar a la victimas. 


lunes, 23 de diciembre de 2013

¿Odia usted la Navidad?





Pues sí, yo odiaba la Navidad.
Durante muchos años relacioné estas fechas con una tradición forzosa cuya celebración te llevaba a formar parte de un culto que no compartía y de una hipocresía que detestaba.
Pero el peso del odio es demasiado costoso. Se instala  cómodamente en tu ego para manejar a su antojo el timón de tu razón y de tu sentir. Nunca concede tregua, y tiene por costumbre el ganar terreno a medida que pasa el tiempo.


El cambiar de parecer no llegó en un ejercicio de inteligencia espontaneo, sino, como suele suceder la mayor parte de las veces en la vida, gracias a una casualidad.
Un día, un hombre al que respeto por su sabiduría, dijo en presencia de mis oídos: “Vamos a celebrar la Navidad, porque Navidad es nacimiento y estos días, en los que el año muere y nace uno nuevo, estamos de celebración”.
Entendí lo que dijo, y no siempre lo hago por más que tienda a utilizar palabras sencillas cuando habla. Pero a veces, el oído no está lo suficientemente tierno, ni el cerebro lo bastante esponjoso,  para entender lo obvio (que es la forma natural en la que la verdad suele llegar representada). Perdón por el delirio “pseudoespiritualista”, no he podido remediarlo. Retomando el asunto, aquel día comprendí varias cosas.


La primera y más importante, es que no merece la pena NUNCA cargar con el peso del odio. No compensa, no soluciona, no consuela y sobre todo, no lo olvide nunca, ¡duele!.  Además, este es un dolor opcional, sostenido por un ego que fomenta la ceguera para que no puedas desprenderte de él. Como si dejar de odiar supusiese una traición consigo mismo. 

¿Le alaba que le digan que sigue usted igual que siempre, que ha sido coherente con su modo de ser, ese que le acompaña desde hace años?  Pues hágaselo mirar, porque me temo que se ha quedado anclado en algún punto de su camino. Cambiar no solo es una opción plausible, es indispensable para que pueda llegar algo nuevo. Para deshacerse de viejos patrones de pensamiento y comportamiento que no hacen otra cosa que amargarle la vida. Otra cosa es que usted esté interesado en cambiar y, sobre todo, que tenga el valor para hacerlo.


La otra cosa que aprendí es el verdadero significado de la Navidad.  Durante estos días yo no celebro el nacimiento de un Mesías que llegó al mundo para limpiar nuestros pecados a cambio de entregar su vida tras sufrir terribles torturas. Lo siento, no me lo creo y además me parece una historia cruel y salvaje, propia de un Dios cruel y salvaje.  Que esto ocurriera es una cosa, que fuese premeditado por un Dios es otra bien distinta, que distorsiona completamente el sentido de lo ocurrido. La figura de Jesús de Nazaret  es mucho más importante para la humanidad que todas esas mierdas que suele contar la iglesia católica. Dicho sea con todos mis respetos para aquellos que creen en el sadomasoquismo como algo que te lleva a lo espiritual.


Yo celebro la llegada de la vida, la venida de la luz, como los eslavos y germanos celebraban el nacimiento de Frey, Dios del sol, por estas mismas fechas. Como los Romanos aclamaban el alumbramiento de Apolo en la fiesta del "Natalis Solis Invicti". O como los Aztecas y los Incas celebraban los renacimientos de sus “Dioses-Sol”. Es el solsticio. Es el punto de inflexión. Es el cambio lo que estamos celebrando. Es la llegada de la nueva vida, precedida de una inevitable muerte.

Llega pues el momento de hacer resumen de lo acontecido. Aprender de los errores, que serán muchos, y de los aciertos. Empezar a deshacernos de lo que ya no nos sirve, por mucho que un día nos fue útil o incluso indispensable. Y liberarnos todo lo posible de las cargas. No será fácil, ya se lo adelanto. Será incluso doloroso. Pero nos guste o no, la vida es caminar. Para ello es necesario renacer cada cierto tiempo, y para que esto ocurra es imprescindible morir (por favor entiendan la figura literaria y no se me tiren por la ventana).

Tengan todos una feliz Navidad.


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